¿Hay que innovar para ser empresa competitiva? No puede ser de otra forma, aunque ya hace tiempo que “innovar” anda algo tocado por la necesidad de “transformar”. No obstante, vamos a asumir que es cuestión de grados y que una empresa no puede repetir las mismas prácticas que tuvieron éxito en el pasado. Vamos, que tiene que ser creativa, pero aquí está la cuestión: hay muchas formas de innovar. De eso trata este artículo, de ponerlo en valor.
Recurrimos para ello a un clásico como Keith Pavitt, que nos dejó una herencia interesante: esta taxonomía de modelos de innovación. Y quizá hoy la podemos retomar, pero a la luz de lo que ocurre en 2010, una era invadida por los social media. Pavitt afirmaba que la innovación en una empresa venía condicionada por el sector en que operaba. No era lo mismo moverse con unos proveedores muy especializados que manejarse con grandes escalas. No era lo mismo un entorno muy “científico” que diseñar y fabricar cosas sencillas. De ahí su idea de la innovación contingente. Ampliando a otros factores: puede depender de la geografía, de en qué momento del ciclo de vida del producto andemos o de las mismísimas expectativas de los clientes.
Llegado el caso, ¿puede que una manera de innovar sea permanecer quieto, con un producto inalterable al menos en sus aspectos fundamentales? El Manual de Oslo nos amplió también el concepto de la innovación (recogiendo el guante que Schumpeter ya expuso en la primera mitad del siglo pasado) para que abarque no sólo producto o servicio, sino también organización, procesos o enfoque hacia el mercado. O sea, que innovar pueden ser muchas cosas diferentes y que, además, todo esto puede estar condicionado por el entorno en que opera la empresa. Por eso decimos: ¿podemos no innovar y, como consecuencia, ser innovadores? Vaya lío.
A veces la mejor manera de innovar es, si no quedarse quieto, sí quedarse en segunda línea, que siempre da más perspectiva. Hablo de perspectiva de mercado. Hace ya mucho tiempo que vivimos en una cultura de sobrevaloración de los líderes. Y a lo mejor hay formas alternativas de innovar. Por ejemplo: no ser líder.
Ya, claro. Me dices que esto puede ser herejía en el momento actual. Pudiera ser, pero cuando miras a los líderes no siempre los ves como ejemplos deseables a imitar. Y no siempre sus peleas son nuestras peleas. Buscar y crear nuevos escenarios de mercado donde seamos competitivos no tiene por qué ir de la mano de asumir el liderazgo de algo. Ni aunque llegues en primer lugar.
En el fondo, innovar es un reto a nuestra inteligencia, tanto individual como colectiva. En la economía de la escasez el ganador se lo lleva (casi) todo. Nos lo han metido por los ojos en los últimos tiempos. Por eso el juego entre líneas, con territorios que se mueven y se redefinen a cada paso, puede ser una forma válida de innovar, sin la presión mediática de ser el namberguan.
En las empresas hay mucha gente normal, de la media. Puede que hayan sufrido daños colaterales del sistema y que sufran de falta de motivación, de pasotismo, de percibir la empresa como enemigo. Por eso quizá haya un discurso nuevo que puede atraerla. Tiene que ver con hacer las cosas suficientemente bien, con un acuerdo tácito o explícito de que hacer una empresa innovadora y competitiva puede pasar por romper el mantra de la excelencia.
¿Acaso no es signo de sociedad sana una clase media bien desarrollada? Pues eso mismo podríamos aplicar a las empresas, ¿no? Una sólida clase media de empresas.
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Julen Iturbe-Ormaetxe, consultor artesano. También profesor en Mondragon Unibertsitatea e investigador en Mondragon Innovation & Knowledge. Desarrolla su labor en torno a nuevos modelos de organización y gestión, sobre todo en lo que se refiere a la economía abierta.Es autor del blog Consultoría Artesana en red y del microblog juleniturbe.


[...] leer el artículo completo en el sitio de innovadirectivos.es: No todo el monte es orégano, ni todo innovación. De paso -perdón que me ponga pelota- sirva este post para reconocer a uno de esos tipos que al [...]
En la Administración pública, desde luego, sería bastante innovador “hacer las cosas suficientemente bien”. No en vano se habla de “racionalización administrativa”. Se ve que, siquiera en nuestro subconsciente, admitimos que la Administración funciona de forma irracional.
No conocía el Manual de Oslo. Gracias por la referencia.