Cuando se habla de gestión de personas, una de las cuestiones más delicadas que pueden tratarse hace referencia a la condición de jefe, de responsable o de directivo. Es muy habitual derrochar abundante prosopopeya sobre los líderes, sobre el liderazgo, sobre los estilos de mando o sobre mil cuestiones teóricas más, que tienen que ver con la dirección de equipos o de proyectos, pero muy pocas veces encontramos qué es lo que hay detrás de un ‘buen jefe’ o de quiénes no merecen tal calificación.
Es obvio que cualquier persona que esté leyendo este artículo nos dirá que un ‘buen jefe’ es aquel que consigue cumplir los objetivos de la organización dentro de unos plazos asignados. Pero esta definición resulta muy poco informativa, ya que no distingue a un jefe autoritario de otro que base su acción en la participación. Y mucho menos aún nos permitirá efectuar una valoración diferencial entre los jefes tradicionales y los líderes dos punto cero.
Todo ello sin entrar a considerar que los valores de la empresa también cuentan, y se puede alcanzar la condición y el reconocimiento corporativo de ‘buen jefe’ dejando tedio, frustración e insatisfacción en nuestro camino. Está claro que hay unos objetivos a alcanzar, pero un modelo de innovación siempre nos obligará a perseguir la participación, la satisfacción y la acción colaborativa del equipo de trabajo.





