En líneas generales, nuestro bagaje nos empuja a concebir el mayor o menor logro de las empresas de forma individualizada e independiente de su entorno social. Es un hecho que tenemos la tendencia a percibir la prosperidad y el crecimiento de las organizaciones desagregándolas por completo de su contexto social y productivo, sin apenas relacionarlas con su territorio, con su comunidad o con sus redes relacionales. En virtud de nuestra formación y de nuestra tradición empresarial, no podemos evitar contemplar a cualquier negocio como una isla de éxito, de fracaso o de ostracismo, descartando las obvias interacciones entre empresa y sociedad.
El concepto de Responsabilidad Social Corporativa (RSE) ha conseguido cambiar tímidamente las ideas precedentes y propiciar una visión más global, aunque aún nos queda mucho por avanzar en esta línea. Multitud de empresas de todo el planeta siguen compartiendo una buena parte de los patrones clásicos de rentabilidad, creación de valor o rendimiento financiero a corto plazo, sin que consigan abrirse paso claramente los postulados que persiguen un equilibrio razonable entre la eficiencia económica y el progreso social. Han conseguido entrar en nuestro discurso pensamientos relacionados con la sostenibilidad de la actividad productiva o con el posible agotamiento de los recursos naturales, pero aún estamos lejos de admitir la idea que sostiene que las empresas y la sociedad pueden ser capaces de crear valor compartido. Leer el resto





