En el pujante universo de las start-up y de los emprendedores, las palabras innovación y creatividad suelen estar muy presentes en los documentos, en los discursos corporativos o en las declaraciones de principios. En efecto, ambos términos suelen prodigarse con tremenda frecuencia y, en ocasiones, no llegan a diferenciarse con claridad ni tan siquiera para quienes más pretenden enfatizar su aplicación práctica en proyectos empresariales de distinta naturaleza. Casi todos entendemos que la creatividad y la innovación son requisitos imprescindibles para cualquier organización que pretenda alcanzar la competitividad y la excelencia, pero el primer paso es el de comprender su significado y su papel desde el momento mismo en el que se concibe una idea de negocio o se trazan las primeras líneas de planificación de la actividad.
Para que la innovación irrumpa de lleno en una empresa es necesario que aparezcan ideas valiosas, y estas solo pueden nacer como fruto de un proceso creativo. Innovación es sinónimo de cambio y no puede articularse cambio productivo alguno si no logramos que la creatividad nos proporcione ideas que le sirvan de guía y soporte. La creatividad sirve para fabricar ideas y la innovación sirve para que estas adquieran la condición de soluciones útiles para la consecución de los objetivos de una organización.


