Cuando hablamos de la innovación como un valor necesario para la competitividad de nuestras empresas, mostramos la tendencia natural a focalizar la atención en aquellos aspectos que implican gratificación inmediata y beneficios rápidos para todas las personas y estamentos que han de tomar parte en la gestión. La innovación presenta aspectos novedosos que tienen un indudable atractivo, y esto facilita que puedan pasarse por alto otros factores que podrían ser menos gratos. Pero los cambios, aunque sean útiles y necesarios, no son ‘gratis’ para nadie. La novedad cuenta con potencial para atraer pero también con riesgos para asustar a los más remisos.
Está claro que la actitud natural y ‘homeostática’ de cualquier organización es minimizar los riesgos, y los posibles cambios son percibidos y metabolizados como un peligro grave e inminente. Expresado con otras palabras, la mayor parte de los equipos de trabajo reaccionan ante la innovación de la misma forma en la que el sistema operativo de nuestro ordenador personal responde ante ciertas nuevas aplicaciones que intentamos instalar, siendo etiquetadas inmediatamente como virus o troyanos agresivos. La innovación es un virus amenazador, para muchos. Leer el resto





